POR DEBAJO DE LA PUERTA.

(Hoy va de romanticona).

Por debajo de la puerta.

Habían dejado la carta por debajo de la puerta.

Era la primera vez que le pasaba algo así.

Estaba parada en la entrada de la casa, a medio camino entre entrar y no, mirando el sobre tirado en el suelo.

Lo observó con ojos de sorpresa. El tacto del sobre le desconcertó. Era suave y al tiempo rugoso. Parecía papel añejo, como los de las cartas de su abuela. No era blanco, tenía ese color salmón desvaído del papel pintado a mano, como fabricado a la antigua usanza.

El corazón le latía saliéndose del pecho. No tenía por qué. Era martes, un martes como cualquier otro, pero esa carta lo estaba convirtiendo en día de fiesta. Quería abrirla, pero sus manos no dejaban de acariciarla, como si no quisieran saber qué contenía, disfrutando de la turbación de lo desconocido.

Apuró un poco más su impaciencia y sobrepasó el umbral. En un impulso repentino dejo el bolso sobre la mesa de la entrada y se dirigió a su habitación. Se sentó en la mecedora, bajo la luz de la ventana y tomo aire. Miró de nuevo la carta y la manoseó dándole vueltas. Nada. Ni remitente, ni sello. Solo su nombre: Carmen. Nada más.

El nombre de Juan estaba rondando su cabeza. Pero su marido no hacía esas cosas. No. Era poco detallista. Además, habían discutido hacía unos días y casi no se cruzaban la mirada. El jueves pasado, por su cumpleaños solo le mandó un escueto mensaje por el móvil, y cuando llegó a casa le recibió con una frase lacónica: «—Esos ojos tuyos…—» por más que le preguntó, no consiguió sacarle más que una sonrisa enigmática y burlona.

Ni siquiera hizo intención de entregarle un regalo.

Y sin embargo…

La abrió de repente, como si la prisa se hubiera apoderado de ella. Mientras sus dedos impacientes sacaban una hoja ¡escrita a mano!, ¡pintada a mano! …y era la letra de Juan… sus ojos casi no leyeron el texto, porque lágrimas de alegría le nublaron la vista.

RECUERDO.

(…de tantas cosas…)

Me desperté con la Aurora,
y al mirar hacia la encina,
vi brotando de una esquina,
la más bella de las Rosas.

Hizo jardín siendo sola,
fue su manto, purpurina,
y desde su tallo de espinas,
se levantaba orgullosa.

Fueron de fuego sus hojas,
frágiles y femeninas,
altivas, bellas y rojas.

Fue tantas y tantas cosas,
que aún paseo hasta la esquina,
recordando aquella Rosa.