Los riesgos de perturbar al siglo XI.

Texto: Jc.
Fotografía: F. Pino y Fr. Pino.
Otros: Fr. Pino y M. Vazquez.

—¿Cómo?, ¿un templario, decís?
—¡Sí!, Sire, ¡con su escudero!
—¡Vive Dios!, que he de verlos morir!
—No os exaltéis, caballero.
—¿Qué no lo haga, sugerís?
—Sí señor, eso sugiero.
—Pues no sé si advertís
que profanar santuarios sin arresto,
es como si me interrumpís
y esperáis no tener duelo!
—Más habréis de reconocer Don Luis,
que tuvieron buen pretexto.
—¡No seáis necio!, ¿pretexto decís?
no hay mayor desafuero
que Sibirana invadir.

—Pues sí, ayudar a otro caballero,
que postrado en su país,
encargó la flor de espliego
que crece salvaje aquí.
Dicen que en el despeñadero,
en las grietas, en las torres, allí,
cualquier brote nuevo
cura todo mal que pueda existir.
—¿Más qué decís?, Don Diego.
—Lo que oís.
—Pues habré de enmendar a tiempo,
que éste noble, ¡también sabe servir!
recoged de Sibirana un cofre lleno
de la mentada flor y partid,
a llevarle al caballero,
la flor que le hará vivir.