HACEDOR DE PIEDRAS.

Foto: Jc.
Imaginen un hombre del Pirineo del más rancio abolengo, un caballero con la sonrisa por sombrero y la facilidad de andar con el viento; imaginen un hacedor de casas, un hombre entregado a llevar a buen puerto los sueños de otros y tendrán a un ansotano, hombre cabal y honesto. Pues bien, tengo el ínclito honor de ser su amigo.
 

HACEDOR DE PIEDRAS.

 
Rozaba la mañana el albor del tiempo,
entregando el color amarillo, del amanecer,
a la luz naciente,
al viento.
 
Mientras, resonaban en la calle,
pasos abreviados, urgentes,
pasos que se saben pasos,
decididos y valientes,
pasos que llevan pasiones de piedra,
de fachadas, de dinteles,
pasos de caminante,
pasos que van de frente.
 
Reluciente y mojada viene la corredera,
ansotana,
rellena de hiedra,
remachada en las esquinas,
con cantones de piedra,
llevando los pasos,
llevando al hombre,
con la sonrisa en los labios,
entreabiertos, bonachones,
en el bolsillo, la mano
y la otra mano al aire,
con el cigarro…
 
Lleva en la cabeza traves,
forjados
y en las manos,
el saber de hacerlos,
que lleva sueños de otros
y los suyos,
lleva, lo que lleva
y lo lleva bien.
Ahora lleva también,
dos mujeres, Mónica y Ara,
dos compañeras de viaje,
dos esencias,
una familia.
Recuerdo un día,
cuando en lo mas alto,
en el alero del tejado,
me enseñaba, a la descubierta,
esa ciencia innata,
que no se aprende,
que se tiene o no se tiene
y despreocupado,
inmune al vacío,
saltaba entre canecillos,
sin mas protección,
que su propia serenidad,
llevando el agua del salto,
como el canalón que luego puso,
probando la repisa,
el apoyo de las tejas,
como si fuera ellas mismas.
 
Pedro es parte de las casas que construye,
deja restos de su alma entre las piedras,
oculta bajo la paleta,
sus propios sentimientos
y poco a poco, detrás del cemento,
van naciendo, ménsulas inmateriales,
pensamientos cocidos al fuego ansotano,
reflexiones de las montañas,
bocetos de paisajes que elevan el alma,
refugios repletos de setas
y todo ello, detrás del cemento,
en medio de las paredes,
sosteniendo las vigas,
con mas fuerza que la del hierro,
porque es la de las ilusiones compartidas.
 
Rozaba la mañana el albor del tiempo,
entregando el color amarillo, del amanecer,
a la luz naciente,
al viento coherente de Pedro.
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé)

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