EL MIRADOR DE LA SIERRA.

Foto: Jc.

¡Ay!, ¡mañanas de los domingos!

Guadarrama.

Recorría la mañana un trozo de aire,
mientras la piel del sendero se hacia agua,
entre la piedra plana,
que iba asfaltando el suelo.

Motor de viento que empujaba
y me llevaba, como traía el camino,
entre barrancos de agua
y sotobosque de pinos.

El mismo aire que me escoltaba,
traía cincel y martillo
y con el agua que salpicaba,
esculpía surcos de barro,
eran aires de mañana,
entre las piedras grises,
desbastadas, recortadas,
al ras de verdes laderas
y el fresco olor de las jaras.

Jaras de azul añil en las flores,
bordes de antiguas cañadas,
que el fuego del sol de abril,
frutos amarillos avisaba.

El mirador de la sierra,
una proa alada,
bajo el brazo del sendero,
allí en lo alto esperaba,

El Mirador mirado se sabia,
desde el arroyo xxxxxx
esfuerzos pedía,
pedriza entregaba.

Llevaba sudor en la frente,
traía pendientes que agotaban,
y troncos añejos retorcidos,
junto a reflejos de agua.

El mirador de la sierra,
muro de piedras calladas,
silencios al viento,
ovalo de señales claras.

Valles quebrados y escondidos,
acariciaban la mirada,
bloques de granito,
formas extrañas,
espejo de piedras,
destellos mágicos de agua,
el rumor del monte,
era magia en la mañana,
eso, además de los dolores,
era lo que nos daba.

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