EL UMBRAL DEL AMOR.

 Foto: Jc.
4ª de 4
 
 

EL UMBRAL DEL AMOR.

 
Y se me erizó la piel.
Porque siento que tenemos un futuro por delante,
lleno de ternura y de amistad,
de pasión y de palabras,
de una dualidad individual
y de iguales y cercanos sentimientos.
 
Siento que estas muy cerca,
tan cerca que cuando te vas,
llora mi alma
y se inunda de tristeza y de anhelos por volver a verte.
 
Te echa tanto de menos que es casi doloroso.
 
Ojalá que esa dama,
que se acerca bailando,
sea la mujer hecha a medida de mi alma,
y que la suavidad que desprende,
y me hechiza,
sea la que la estaba esperando,
en el otoño maduro de mi vida.
 
Ojalá que el puzzle de los sentimientos,
termine por convertirte en mi pareja…
porque mía,
MÍA,
ya lo eres.
 
 
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé)

EL UMBRAL DE LA LUJURIA.

 Foto: Jc.

3º de 4.

 

EL UMBRAL DE LA LUJURIA.

 
El recuerdo no puede con el presente de ilusiones,
con el instante del clímax,
con el ardor y el afecto,
la lealtad y la vehemencia,
que nos estábamos dando.
 
Tengo tu imagen grabada en la retina,
tu voz, profunda, gimiendo ronca,
sensual,
erótica.
Tu cuerpo se retorcía de placer entre mis brazos,
respondía a mis caricias, como una gatita, ronroneando,
sintiendo…
 
Tu clítoris entre mis labios mojados
y tus pechos redondos,
perfectos,
erizados de placer
y deseo,
vibraban en un orgasmo rojo,
que me impulsó a penetrar en tu interior,
a sentirte pegada a mi piel,
fundida a mis sentidos,
abrazada a mi alma.
 
Y mis anhelos,
un mundo de sensaciones
y apetitos sexuales,
solo podía acabar en un clímax sensual y voluptuoso,
en un grito que voceamos, juntos,
desde el deseo infinito de nuestro amor.
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé)

EL UMBRAL DE LA SENSUALIDAD.

 
Foto: Jc.
2º de 4.
 
 
 
 

EL UMBRAL DE LA SENSUALIDAD.

 
Desnudos, por fin,
en nuestro espacio…,
tu cama era mía también,
me la ofreciste sin palabras,
la hiciste mía,
cuando me invitaste a sentir en ella.
No importaba que fuera vieja,
desvencijada
y ajada,
en una casa inacabada,
porque no hablamos con los cuerpos,
sino con las almas.
 
Y gozamos.
 
Disfrutamos al son de tambores de fiesta,
al grito ahogado de un susurro,
y nos llevaron las pasiones al cielo del deseo,
porque es allí donde moran los amantes.
 
Y supimos el uno del otro
y de nosotros mismos,
descubriendo nuestros cuerpos a la luz del cariño,
sedoso, terso y ligero,
de nuestras manos,
de nuestros labios
y el exquisito y leve,
mojado y dulce,
de las lenguas.
 
Y, al día siguiente, dormimos.
 
Uno junto al otro,
al lado,
fundidos,
abrazados,
ilusionados.
 
Y despertamos.
 
Temprano,
demasiado temprano,
con sueño,
pero con ganas de vernos,
de hablar, de mirarnos.
 
Y volvimos a dormir.
 
Y de nuevo nos despertamos,
despacio,
como si lo hubiéramos hecho siempre,
cómodamente,
sin distancias,
sabiendo que era lo que teníamos que hacer,
con el habito de la costumbre imposible de los años.
 
Y compartimos.
Y de nuevo las palabras nos ataron,
al asiento de la esperanza
y nos dejaron sin fuerzas para caminar
y separarnos
y, de nuevo, nos comunicamos,
abriendo el alma y mirándonos a los ojos.
 
Y otra vez fuimos a tu cama.
A nuestro espacio
y despacio,
entre las sabanas de tu piel
y tu sonrisa,
nos amamos,
más profunda,
más cariñosa
y más dulcemente que nunca.
 
 
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé)