CREENCIAS INCUESTIONABLES.

Foto: Jc.

Un santo que no lo era tanto.

—¡Valentíiiin! —gritó la esclava de recepción, mientras continuaba haciéndose las uñas —. Otra pareja que quiere «casorius romanus».

—¡Maldito Cupido! —dijo el médico romano, dando un golpazo en la mesa de amputaciones —. Si reflexionara antes de lanzar sus flechas.

—¡Uy!, se rompió —dijo la esclava al ver una uña colgando, y con un tono casi de reproche, le recordó —; aún está pendiente la vasectomía de la patricia Nanusvobiscum.

—¡Por Júpiter!, éste 14 de febrero está siendo agotador —bramó San Valentín, al tiempo que ponía un emplaste de hierbas, a un senador caido en desgracia.

Y las cosas siguieron como siempre en Roma, la capital del imperio.

Siglos más tarde un concilio convertía en santo al médico – sacerdote, Valentín, que algo habría hecho, para ser considerado el santo de los enamorados.

 

CREENCIAS INCUESTIONABLES.

Hay creencias que son incuestionables. No nos preguntamos por qué somos, qué queremos ser, qué pretendemos crear, o por qué; solo lo hacemos y pensamos que eso es así porque sí.

Porque es lo que debemos o tenemos que hacer.

Eso mismo ocurre con las parejas: una de las decisiones más importantes de la vida, la elección de quien te acompañara “el resto de tus días”

Porque somos así de chulos o de inconscientes, determinamos que compartiremos vida y a veces todo, en un todo absoluto, con alguien que, a veces, conocemos poco, que puede evolucionar de manera distinta a la tuya o puede que… y decidimos que es para toda la vida.

Impresiona verdad dicho así, pero…

Ya sé que las mujeres lo pensáis más, pero los hombres NO.

Y en esas estamos cuando decidimos firmar un contrato afectivo, tremendamente normal, que dice: Yo y tu somos uno; nos querremos siempre; iremos juntos a todos lados; tus amigos son mis amigos; no tienes amigos fuera de mí…

Iremos con otras parejas como nosotros, con nuestras mismas costumbres y necesidades, y nunca iremos por separado. Si no nos gustan a alguno, nos separaremos de ellos; estamos los dos frente al mundo y nos apoyaremos el uno en el otro para ser seres completos, yo te completo a ti y tú a mí. Debemos elegir, los demás o nosotros y nosotros somos mucho más importantes, por ello no podremos salir con nadie, a no ser que nos demos permiso y nos contemos todo, absolutamente todo de esos encuentros.

Tampoco mantendremos conversaciones ni comunicaciones de cualquier tipo, correos, etc., privadas, con nadie más que con nosotros mismos. Nos necesitamos y no seremos infieles el uno al otro, porque si lo averiguásemos, nos podríamos castigar por ello. Hemos de ser el centro de nuestras vidas, el uno para el otro, y fuera de nosotros no pueden existir otros motivos más importantes.

Así que ojito con quebrantar estas normas.

Y el simple hecho de firmar, tacita o materialmente este contrato ya nos capacita para ser felices, porque tenemos a la persona amada, estamos atados a ella, vamos a tener un futuro juntos, muy juntos, y muy feliz, por supuesto.

Queda bien, ¿eh?

Pues no se te ocurra cumplir ni uno solo de esos credos (todos lo hemos hecho alguna vez, menos los iluminados), porque te llevara a la decepción. El AMOR se construye, no se encuentra y todos, todos los días, hay que mimarlo.

Otra cosa es enamorarse, eso lo hace cualquiera, se enamora, esta unos meses alterado, descentrado, edulcorado y después, ¡hala!, cuando se pasa, uno se relaja, se despista, se…; del enamoramiento se pasa al enamora-miento. Convertir el enamoramiento en amor es lo difícil, no lo otro, lo otro es fácil: sucede; y el Amor hay que trabajarlo.

Lo primero es lo primero. Yo. Y cuando seamos seres completos, podremos encontrar otro ser completo para relacionarnos. No necesitamos dependencias necesitamos comple-men-tarnos y enriquecernos, no comple-tarnos, ya somos nuestra naranja entera, no necesitamos media más, que, si viene, seriamos una y media, pero nunca dos enteras.

Autor: José Cruz Millana (JotaCé).