OTOÑO DE LUZ.

 Foto: Jc.
En estos tiempos de egoísmo y de individualidades, hay un espacio para el sentimiento más egoísta y el que menos: el amor.
 

(Aquel banco del parque).

Y aquella tarde.

 
Aquella tarde salimos al sol de otoño,
al silencio dorado y amarillo de las hojas,
al cansino y soñoliento octubre,
aquella tarde nos sentamos en un banco,
del parque.
 
Aquella tarde comimos mirándonos,
bebimos disfrutando,
nos besamos y hablamos,
de nuestras cosas,
de lo que se comparte.
 
Aquella tarde de sol y luz,
aquella tranquila tarde,
con la calma que precede al alba,
con la placidez de la noche,
nos quisimos amantes.
 
Aquella tarde nos quisimos
y nos fuimos jugando
a seguir siendo,
sin saber del futuro,
solo de los instantes.
 
Y nos dejamos la vida,
en la sonrisa
y nos dimos el alma,
en los abrazos,
juntando las voces en el aire.
 
Y nos fuimos andando,
la mano en la mano
y en las miradas,
escanciando del alba de tu piel,
que me entregaste.
 
Amiga, tienes algo de mí,
lo que siento, lo que quiero,
lo que tengo dentro,
es solo tuyo, guárdalo
es importante.
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé).

MOMENTOS CON ALMA.

 Foto: Jc.
MOMENTOS CON ALMA.
 
Todos los momentos de la vida tienen alma,
algunos de tormenta,
los mas, de calma.
Siempre entre candelas,
entre el oscurecer y el alba.
 
Unos suceden en las afueras
del espíritu: son ocupación cotidiana.
 
Momentos de paciencia,
de tormento, de desgana,
de alegría, de indiferencia,
de bronce, de plata.
Otros vienen de dentro,
desde las entrañas.
 
Entre las idas y venidas,
hay otros momentos, otros,
como este amiga mía,
que son momentos de oro.
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé).

¡JUSTICIA!

Foto: Jc. Detalle del artesonado del palacio de Villahermosa (Huesca).
En honor a los “no sé” y “no me acuerdo”, que, últimamente, tanto proliferan en los juzgados.
 
Lo iba a “colgar” el 14 de abril, pero me acordé de la guillotina y de que habían nombrado a Cospedal ministra de Defensa y me dio miedo.

 

¡JUSTICIA!

 
—No es justa tanta injusticia y sinrazón,
alguien tiene que poner fin a tanto desmán,
tanta ignominia, tanta iniquidad,
soy la victima inocente de la situación.
 
Quien así clamaba, estaba poseído,
caminaba seguro, de negro y erguido.
 
—El problema es que hay una conspiración
y lo sé, todos lo saben.
Yo no soy el culpable.
Soy la victima de los medios de comunicación.
 
Aseguraba, el mártir esclarecido, con obstinación,
a todo aquel que le escuchaba y lo hacía sin pudor.
 
—Al final me tendréis que pedir perdón,
porque mis argumentos son irrebatibles,
ante semejante tropelía, nadie permanece impasible,
por eso vengo a defender mi inocencia y honor.
 
Aducía cargado de raciocinio y entendimiento,
de poderosas reflexiones y argumentos.
 
—Si he cometido algún delito, alguna infracción,
es no guardar las apariencias con la casa de Pedralbes,
estar orgulloso de la familia y mencionarla en todas partes,
¡sí!, esa es mi pena, mi enorme aflicción.
 
Aquí estaba el quid de la cuestión,
estar más que ser, la careta exterior.
 
—Porque yo, ¿no me reconoces?, soy yo,
el hijo que toda madre querría,
el yerno por el que todo suegro pagaría,
alto, líder, deportista y resultón.
 
Apelaba, el taimado, al chantaje emocional,
pues la prensa, amarillista, le había tocado la moral.
 
—Deja de mirarte al espejo, corazón,
y no se te ocurra decir todo eso en el juzgado,
limítate a lo clásico: no sé, no me acuerdo, estaba borracho,
si no quieres que, encima, nos manden al paredón.
 
De ésta guisa, concluyo la perorata la Borbón,
pues, como mujer, tenía los pies en la tierra,
así que, sacó dos billetes de avión para Ginebra
(Suiza siempre), lo agarró del brazo y acabó con el sermón.
 
Autor: José Cruz Millana (JotaCé).