LIRISMO CULINARIO.

Foto: Jc.

(El humor es la fuerza que consigue derrotar las adversidades. J. Lamincal)

 

LIRISMO CULINARIO.

Carmen entra en casa, es fin de semana, verano, y ha sido una jornada de trabajo inusualmente relajada. Sus ojos reflejan, todavía, ese último vermú a la salida del trabajo, más pródigo en “Martinis” que habitualmente.

La última semana había sido terrible. El lunes anterior, la revolución: los niños se fueron al campamento; el jueves, terminar el informe del primer semestre y el resto de los días, todas esas cosas que, de pronto, se convierten en urgentes cuando anuncias que te vas de vacaciones. Casi mejor no irse… ¡Qué estrés!

Echa un vistazo a la cocina y fotografía el caos que reina dentro. Cierra la puerta y mira al techo, como queriendo olvidar lo que acaba de ver. Entra en su habitación, deja el bolso encima de un montón de ropa usada y se quita los zapatos. No le apremia el hambre, ha picado bastantes tapas y, aunque la visión del desorden le ha removido la conciencia, no tiene ganas de hacer nada: ¡Está de vacaciones!

Se desploma en el sillón, enciende el portátil y le da un vistazo a ese concurso de Internet que le llamó la atención el martes anterior: «—Podría escribir algo… —», piensa. Vuelve a leer las bases: «—Tema: Sobre una tormenta con aparato eléctrico. Se tienen que mencionar las palabras: Rojo, viento, agua, papel y fuego… el máximo de palabras ha de ser de doscientas… no cuenta el título».

La imaginación le empieza a funcionar… y la conciencia también. Se levanta de un salto y sale de la habitación justificándose en voz alta con unas ausentes amigas «—A ver, estoy sola, (¡por fin SOLA!), y, ¡claro! después de una semana estresante, tengo la casa, como la tengo! —», mientras se dirige a la cocina, sigue hablando sola: «—La verdad es que los singles lo tenemos todo. Y cuando digo todo, es TODO: Independencia, Libertad, Autonomía… (y barrer, fregar, poner la lavadora, recoger la mesa, cocinar)… TODO, realmente todo. Y a nuestro aire, sin que nadie nos diga nada… no nos podemos quejar… ».

Puede que fuera asociación de ideas, o ganas de reírse de sí misma, porque las de llorar ya le entraron cuando volvió a ver cómo estaba la p… cocina, pero lo cierto es que entre “fregote” y barrida, cogió un papel, que no sabía bien qué hacía allí, y un lapicero, que encontró entre la mantequilla y la tostada de la mañana, y se puso a la tarea, a las dos, que para eso era mujer.

Con el delantal por escudo, la escoba en ristre y el lápiz por montera, fue despejando el campo de batalla. Peleó con las sartenes; ató bolsas de basura y se acordó de sus hijos, felices en la montaña, mientras recogía los restos de “nocilla” con una mano y con la otra escribía notas en el dorso de una caja de yogures, que había pasado a mejor vida. Luego las pondría en limpio para enviarlo, pero ahora no, que ¡tocaba lo que tocaba!

Horas después se sentó, agotada, pero satisfecha, ante el ordenador. Se quitó el pañuelo de la cabeza, sacó del bolsillo del delantal el papel, maltrecho y arrugado, el envoltorio de los yogures y alguna otra cosa que no vamos a mencionar y se puso a escribir.

Como siempre hacía cuando escribía, Carmen visualizó imágenes y sensaciones de lo que le había sucedido mientras tomaba las notas… pero en esta ocasión se mezclaban trapos con lapiceros, fregonas con ingenio, bufidos con realidades, bayetas con fantasía… un verdadero zafarrancho de combate, con la imaginación por las nubes, pero los pies en el suelo.

Por eso salió lo que salió, y se expresó como se expresó, con esa clave poética que invade a todos los mortales a la hora de atacar los residuos de nuestra gula.

TEMPESTAD EN LA COCINA
(Épica de lo cotidiano)

¿Cuántas palabras malditas?
Doscientas…, ¿solo doscientas?
Sí. Pocas parecen. Fuera hay tormenta,
«…y dentro, ¡otra! ¡En la cocina!»

«Mientras fregaba conté dieciocho,
remedando a Don Lope de Vega y Carpio.»

Además, hay mucho viento,
y lluvia y agua y papel… ¿papel?
«¿Qué pintará aquí el papel?»
«…voy a pensarlo barriendo.»

«Cincuenta, ya van cincuenta,
se hace larga, pero entretiene la cuenta.»

Hay una cosa que no entiendo:
¿Qué poner en “aparato eléctrico”?.
¿Valdrá uno cualquiera?
si es así, pongo: fregadera.

«Ochenta. Ya queda menos.»
«Sacaré la basura, si no, me pierdo.»

Perdón, perdón,
con la “pila”, me equivoqué,
no es de “Duracell”,
sino de rancio latón.

«Ciento y seis»
«¡Quito el mantel!»

Pues cambiamos: … ¡placa de cocina!,
fuegos rojos, «mientras, los limpio»,
butano, eléctricos…
«cumpliendo la normativa».

«¡Ciento veintiocho!»
«¡A limpiar el horno!»

Cómo pasa el tiempo,
¡Vaya tarde!: Rayos, centellas,
tormenta
y… ¡trasiego!.

«Ya estamos cerca, lo barrunto,
como la tormenta. Veo rojo, agua, viento
y papel, con calzador, pero puesto
también aparato eléctrico y fuego.
¡Bien!, no me olvidé ningún punto».

Llega el final, lo sospecho.
Señoras y señores jurados,
revisen templados la cuenta,
si suman doscientas
palabras, sin espacios,
digan conmigo, «y con Lope», ¡Está hecho!

POR DEBAJO DE LA PUERTA.

(Hoy va de romanticona).

Por debajo de la puerta.

Habían dejado la carta por debajo de la puerta.

Era la primera vez que le pasaba algo así.

Estaba parada en la entrada de la casa, a medio camino entre entrar y no, mirando el sobre tirado en el suelo.

Lo observó con ojos de sorpresa. El tacto del sobre le desconcertó. Era suave y al tiempo rugoso. Parecía papel añejo, como los de las cartas de su abuela. No era blanco, tenía ese color salmón desvaído del papel pintado a mano, como fabricado a la antigua usanza.

El corazón le latía saliéndose del pecho. No tenía por qué. Era martes, un martes como cualquier otro, pero esa carta lo estaba convirtiendo en día de fiesta. Quería abrirla, pero sus manos no dejaban de acariciarla, como si no quisieran saber qué contenía, disfrutando de la turbación de lo desconocido.

Apuró un poco más su impaciencia y sobrepasó el umbral. En un impulso repentino dejo el bolso sobre la mesa de la entrada y se dirigió a su habitación. Se sentó en la mecedora, bajo la luz de la ventana y tomo aire. Miró de nuevo la carta y la manoseó dándole vueltas. Nada. Ni remitente, ni sello. Solo su nombre: Carmen. Nada más.

El nombre de Juan estaba rondando su cabeza. Pero su marido no hacía esas cosas. No. Era poco detallista. Además, habían discutido hacía unos días y casi no se cruzaban la mirada. El jueves pasado, por su cumpleaños solo le mandó un escueto mensaje por el móvil, y cuando llegó a casa le recibió con una frase lacónica: «—Esos ojos tuyos…—» por más que le preguntó, no consiguió sacarle más que una sonrisa enigmática y burlona.

Ni siquiera hizo intención de entregarle un regalo.

Y sin embargo…

La abrió de repente, como si la prisa se hubiera apoderado de ella. Mientras sus dedos impacientes sacaban una hoja ¡escrita a mano!, ¡pintada a mano! …y era la letra de Juan… sus ojos casi no leyeron el texto, porque lágrimas de alegría le nublaron la vista.