Encaje de Bolillos.

Foto: Jc.

Estaba la mañana tardando en hacerse ocaso,
y yo nervioso por cuando vendría…
se ocupaba el día en pensar cuando sería noche,
y yo inquieto por cuando lo sería…
estaba impaciente por ser yo mismo,
y no lo sabia.

Era como tener sensaciones de otro,
como saber sin saber,
estar sin tener,
tener sin poseer,
era como sentirse en la piel de otro,
era como no tener,
como no estar,
como no saber…

como hacer encaje sin bolillos.

Oigo el mar, y lo oigo a solas,
se asoma a la ventana de mis ojos,
le dejo penetrar,
en mis sentidos,
y abstraído,
me invaden las notas del aire,
me dejo llevar y sale,
lo que llevo dentro,
lo siento,
y advierto que el tiempo no pasa,
se para,
salgo fuera de mi mismo,
y en ese limbo,
vuelo,
y adquiero, de nuevo,
la sensación de no ser nada,
ausencias de alba,
ilusiones de aire,
agua sin cauce,
y me dejo llevar,
en el velero del mar,
por las olas…

Estaba la mañana pensando hacerse ocaso,
y el día, noche,
cuando me di cuenta que no tenia que pensarlo
porque ya lo era,
tienes el día y la noche,
la tarde y la mañana,
entre los pliegues que cosen,
la piel al alma, tu propia alma…

No busques fuera, lo que dentro está.

ELA.

Foto: F.J. Millana.

(Seguimos hablando idiomas).

Todo iba como la seda,
la profesora paso al siguiente,
se trataba de un paciente
que iba en silla de ruedas.

—ELA —
dijo señalando al frente,
—Hola —apuntó de repente
el sordo que estudiaba logopeda.

—No ha dicho hola, sino ELA—
aclaró el interno suplente,
deletreando lentamente,
—. Es una enfermedad: la ELA.

—«Mas è ele, não ela»—,
opinó el portugués impaciente.
—Este Erasmus es un imprudente—,
murmuró una compañera.

—Tienes razón —dijo la francesa,
con ese acento en el que las eres
son gés, y las gés, erres,
—ha dicho que él «est là».

—¡ELA!, he dicho ¡ELA!—
gritó la profe, consciente
de que perdía los papeles,
pero estaba descompuesta.

—¡ELA!—reiteró el interno repelente,
—«Ele, não ela» —dijo el impaciente,
—Hola —repitió el sordo,
—«Est là» —concluyó la francesa.

La profe extendió una receta,
el interno le hizo la pelota, diligente,
y la leyó, petulantemente,
como si fuera una telenovela.

—…y por eso no se menean —
dictaminó el interno Vicente.
Guiñó un ojo el de la ELA y movió la pierna,
—«e pur si muove» —remató el de Módena.

«Para reír, es necesario no llevar careta,
comenzar por uno mismo y no ser diferente,
que reírse de los demás solamente,
es de engreídos: ¡y de jetas!»

AL FINAL DE LA CUESTA.

Foto: Jc.

(Sudor en la cuesta).

Al final de la cuesta,
la sombra fresca,
el palio de las hojas del árbol,
el horizonte,
la sensación de llegar, de estar arriba,
en la colina,
en el monte,
en el espacio abierto, silencioso y mágico,
de la frontera.

Al final de la cuesta,
sudoroso, cansado,
con la sonrisa en los labios,
con la mirada tranquila, esperanzada,
ilusionada,
con la mano en el cayado,
apretando,
descubro tu presencia,
y pariendo futuros de ilusiones,
te espero.

Te espero para caminar juntos,
entre las piedras de la vida,
amiga,
entre las curvas del deseo,
y los requiebros,
hasta donde nos lleve el destino,
de la mano, contigo,
a tu lado, compañera, con tu entorno, tu sonrisa,
tus historias, tus enfados, tus momentos, …